Cosas de pandemia: Violencia tras las mascarillas

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Mi artículo llega tarde.

Al principio quería escribir sobre la violencia en el confinamiento desde un lugar más técnico y lo había empezado basándome en libros y otras lecturas, pero me doy cuenta de que encuentro más urgente mencionar la violencia que he visto exacerbada en mi entorno que dar un marco teórico.  Quería hablar desde la cercanía y de cómo se construye la violencia.

Así que, guiándome por lo que he podido vivenciar, lo que me cuentan mis pacientes o personas cercanas, el aislamiento como forma de protección ante el coronavirus ha dado lugar a diferentes factores que han resultado en más violencia de la habitual. Sé que efectivamente ha habido asesinatos y denuncias de diferentes violencias dentro del marco de la violencia de género, pero no he querido ponerme a buscar estadísticas, sino reflejar realidades más accesibles que pueden marcar inicios de situaciones peligrosas.

Uno de los factores que creo clave en la forma en que estamos viviendo el coronavirus es la reacción del Estado, evidenciada claramente en la presencia policial. Me preocupa la barbaridad de multas que se han puesto, particularmente en los barrios obreros y la represión extra que han vivido personas racializadas y pobres. 

Una amiga que vive en Puente de Vallecas encontró policías armadas con ametralladoras enfrente de su centro de salud, y cuenta que al principio del estado de alarma vio frecuentemente cómo la policía paraba a vecinas migrantes cuando estaban haciendo sus tareas cotidianas mientras ella, blanca, podía moverse sin tanta presión. Yo pasé la mayor parte del encierro en Delicias y allí, aunque había mucha presencia policial, solo vi controles de vehículos. 

Esta situación de violencia, control y aislamiento obligatorio nos hace reaccionar, aunque a cada quién de una forma diferente: he escuchado personas con miedo de contagiar a sus seres queridos que son población de riesgo, y también otras que han aumentado su nivel de control sobre quienes las rodean.

Mucho se ha hablado sobre la policía de balcón, por ejemplo, y poca broma. Un vecino a mí me sacó una foto en el patio interior del edificio, al que salí a dar una vuelta en un momento de mucha ansiedad sin saber que no podía salir a ese espacio común pero privado. A una amiga también le pasó eso porque se paró a descansar en un banco mientras cargaba la compra. Y las conversaciones que me han abierto en las colas de los comercios han tendido a la acusación y sospecha: “esa señora no debería salir”, “la culpa de los contagios masivos es de las feministas”, “ese señor ya ha paseado al perro esta mañana”. 

Pero la violencia no se queda exclusivamente en la calle… También se han desatado situaciones de violencia en la convivencia. Y ha sido en este marco donde he escuchado más historias complejas en primera persona, porque el confinamiento ha producido que sea mucho más difícil sobrellevar el maltrato al no existir lugares a los que ir a respirar de la violencia o marcharse para escapar de ella. 

Tengo en cuenta que el propio hecho de identificar la violencia vivida ya es complejo, y más aún en este contexto. En relaciones de maltrato la violencia va apareciendo de forma progresiva y es fácil que quien la experimenta la vaya asumiendo y legitimando y en este caso, aunque pueda haber cambios bruscos, la persona que nos violenta puede haber perdido el trabajo, tener a una persona muy querida enferma, puede tener miedo a enfermar… y cuesta, sobre todo cuando queremos a la persona que nos agrede, reconocer que el hecho de que esté pasando por cosas duras, difíciles, dolorosas, no la legitima para violentarnos.  

Estas situaciones se pueden dar en diferentes relaciones, no necesariamente con seres muy queridos. Por ejemplo, he escuchado situaciones entre compañeras de piso que eran muy poco sostenibles. Una de ellas se compuso de amenazas con dejar el piso dejando deudas sin pagar y sin devolver la fianza porque esta persona no aparecía en el contrato. Este chantaje fue moneda de cambio para ignorar las normas de convivencia, haciéndola insostenible. Y otra, en la que una persona que tenía mucho miedo de contagiarse, aunque no era población de riesgo, desarrolló conductas obsesivas y empezó a fiscalizar cómo debían ser las precauciones para evitar contagio, forzando y montando broncas si alguien después de volver de la calle olvidaba algún paso de su protocolo exigente. 

En el marco de la pareja he podido ver diferentes situaciones con diferentes gravedades. Luz de gas, amenazas, coacción… En una de ellas el nivel de violencia en las discusiones fue aumentando hasta el punto de que una de las personas empezó a hacer amenazas de suicidio empleadas como herramienta de control de la otra persona para asegurarse de que se ajustaba a sus condiciones. He visto, en otra, cómo la pareja de una cliente la coaccionaba para que no saliera a la calle ni a comprar, poniéndole dificultades para hacer llamadas, incluyendo la llamada de terapia semanal. 

Y, en el marco de la familia, una persona dejó de venir a terapia conmigo por sufrir un incremento de agresiones tránsfobas durante el aislamiento, que le impidió sentirse segura haciendo terapia desde su casa. 

Por todo ello he recomendado a muchas personas leer el libro: “El acoso moral”, y yo misma lo he releído, para prepararme para la racha de trabajo vinculado con salir de situaciones de violencia y sanar violencias que tengo (y tendré los próximos meses), pero también para mi refuerzo personal por una situación en la que me he visto involucrada durante el aislamiento. 

Estos meses he vivido una situación compleja con dos personas muy queridas que lo han estado pasando muy mal, y ambas han necesitado cuidados. Con una de ellas, mi pareja, pasé la cuarentena en su piso porque en el mío había ya dos invitadas más para pasarla. Con la segunda, estuve yendo a verla una vez a la semana para apoyarla de diferentes formas porque tiene un problema de salud crónico. 

Una de las personas que vivía en el piso de mi pareja no acogió bien mi situación porque entendía la cuarentena como que nadie debía salir de sus casas salvo para comprar, ignorando que también estaba permitido cuidar a personas enfermas. De nada sirvió extremar las precauciones por su seguridad y explicarle mi situación y la situación de mi querida amiga, así que me hizo la vida difícil durante dos meses hasta que pude utilizar una salida de paseo para volver a mi casa. 

Y con todo esto, me doy cuenta de que, en esta ocasión, he sido una privilegiada porque he podido contar con mi casa y mujeres queridas que me reforzaron recordándome cosas que sé, pero que en ese momento estaban lejos. Me dijeron que aquel comportamiento no era legítimo, que podía volver a mi casa o a las suyas, si lo prefería; y me recordaron que las necesidades de mi pareja no estaban por encima de las mías, y que los cuidados físicos no están por encima de los cuidados psicológicos. 

También soy consciente de otros privilegios, como que antes del estado de alarma mi situación era mucho menos compleja de lo que es ahora. He dedicado mucho tiempo a formarme en violencia y trabajo frecuentemente en terapia con ella (violencia intragénero, de género, en el trabajo, en la familia, interiorizadas), así que no me resulta difícil verla dentro y fuera de mí y nombrarla. En esta ocasión, poder nombrarla jugó un papel crucial para poder sacudirme la culpa. Encontré la salida acompañada y pude cuidarme. 

La violencia, como el virus, ha llegado a los cuerpos de algunas personas desde el entorno y nos ha enfermado psíquicamente al interiorizar violencias externas, impidiendo diagnosticar la situación como maltrato y tomar medidas para sanar. Ver que la situación de aislamiento para protegernos del virus a algunas personas nos ha conducido a otro tipo de situaciones de riesgo parece una broma macabra.  

Para mí, vivir violencia durante el confinamiento ha supuesto la idea de retomar la terapia para explorar las grietas de violencias interiorizadas que dejó una relación de violencia intragénero de la que me he ido recuperando en los últimos diez años y a las que esta persona ha podido agarrarse para dañarme.  

Ahora me toca a mí, con la compañía de mi terapeuta, volver a cerrar mis heridas. Para ello me está sirviendo apoyarme en el análisis político de la pandemia, en mis conocimientos sobre violencia, y en las historias de violencias vividas por otras personas que he podido encontrar en mi entorno. No me está ocurriendo solamente a mí, y ahora mismo busco hacer saber a personas que pueden estar sintiéndose presionadas y culpables, que es una experiencia compartida con muchas más personas, porque es un problema social, no individual. 

Con este artículo, mi objetivo era nombrar las violencias a menor escala, porque las dinámicas de maltrato pueden empezar de forma sencilla y a partir de ahí dar lugar a una situación en que la persona que las vive puede perder contacto con su propia valía, con sus personas cercanas, con sus objetivos, y que peligre su integridad a diferentes niveles. Y darnos cuenta de que una relación toma forma de maltrato pronto puede ser crucial para evitar caer en dinámicas de violencia más peligrosas.

Ojalá podamos salir del confinamiento pudiendo cuidarnos de forma individual y colectiva, escuchando a nuestras queridas las historias que tienen para contar y nombrando la violencia con la consciencia de lo ilegítima que es a pesar de las situaciones excepcionales.